El Porvenir

“Habemus Papam”: triunfo del statu-quo

Por Pablo Espinosa Vera*

Monterrey, Nuevo León, 22 de Abril de 2005

Annuntio vobis gaudium magnum Habemus Papam”. Con estas palabras el protodiácono chileno Jorge Arturo Medina Estévez, famoso por haber defendido al general Augusto Pinochet  anunció, ante una muchedumbre concentrada en la Plaza de San Pedro, la designación de Joseph Ratzinger como Benedicto XVI, quien fue aclamado al salir al balcón papal desde donde concedió la bendición apostólica ‘Urbi et Orbi’ tras agradecer su designación, siendo el ‘superfavorito’, en lo que fue el primer Cónclave del tercer milenio: “Queridos hermanos y hermanas, después del gran Papa Juan Pablo II, los cardenales me han elegido; un sencillo y humilde trabajador en la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor puede trabajar y actuar incluso con medios insuficientes, y por encima de todo me encomiendo a las oraciones de ustedes. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda permanente, seguimos adelante. El Señor nos ayudará y María, su madre santísima, está con nosotros”.

Intentando una sonrisa forzada en su rostro adusto y poco expresivo, que en algo recuerda al genial Buster Keaton, el nuevo Pontífice representa al pragmatismo en blanco y negro,  la ‘cara dura’ de la Iglesia del siglo XXI la cual, ha pesar del conservadurismo instaurado, logró imponer una cara afable y bondadosa a través de Juan Pablo II, quien escenificó de manera magistral la dimensión ‘poética’ y humanista del omnipotente poder mundial concentrado en El Vaticano (la Teología de la Liberación de connotadotes marxistas, y otras reformas que eran exigidas, acordes a la realidad y a la cultura contemporánea, fueron desechadas por los principes de la iglesia destacando el activo rol de Ratzinger como ‘ideólogo de cabecera’ del Papa).

A Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (léase: Santo Oficio) durante más de dos décadas, se le llegó a conocer como el “Gran Inquisidor” o “perro guardían de la ortodoxia católica”, por su obsesión en defender los postulados doctrinarios del catolicismo al margen de todo intento de ‘aggiornamento’, como lo puede atestiguar su exmaestro Hans Küng, símbolo del disenso que rechaza la infalibilidad pontificia, y su exdiscípulo Leonardo Boff, defensor a ultranza de la Teología de la Liberación y quien tuvo que dejar la orden de los franciscanos en 1992, además del reverendo Charles Curran, los tres condenados por sus ideas liberales y a quienes se les obligó a callar por disposición del Gran Tribunal de la Inquisición, a cargo del entonces cardenal alemán Ratzinger, amigo de Küng y de Boff  (la lista de religiosos castigados por el Santo Oficio alcanza la cifra de más de 140 ‘disidentes’, además de los  latinoamericanos que impulsaron las tesis revolucionarias de la Teología de la Liberación a favor de los pobres, como  Hélder Cámara, Monseñor Romero, Ernesto Cardenal, Samuel Ruíz, Gustavo Gutiérrez, Enrique Dussel, Juan Sobrino, Juan Luis Segundo, Arturo Lona Reyes, así como al educador Paulo Freire). Un documento del propio Ratzinger justificando la actitud asumida por la iglesia se titula: “La situación actual de la fe y la teología”  (www.corazones.org/doc/fe_teologia_actual_ratz.htm)

En su homilía del primer día del Cónclave, ante el Colegio Cardenalicio en pleno, y como un mensaje ideológico en torno a lo que será su discurso como  Benedicto XVI,  Ratzinger enfatizó los peligros que representa “…una dictadura del relativismo que no reconoce ninguna certidumbre y que tiene como su principal objetivo el propio ego y los propios deseos”, en abierta referencia a tesis heterodoxas y a movimientos religiosos pulverizados, incluido el ‘New Age’, que cuestionan los dogmas y la actitud cerrada, y hasta cierto punto intolerante, adoptada por la iglesia católica, a la que llegan a acusar de fundamentalista. En su mensaje, en defensa de consolidar un modelo de Iglesia firme y conservadora  aseguró que  “…la pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada por olas que van de un extremo a otro, desde el marxismo al liberalismo pasando por el libertinaje, el colectivismo, el individualismo radical y el ateísmo”, tras criticar el relativismo ideológico propagado por sectas de toda clase que carecen de un referente simbólico:  “…nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo”.

El nuevo líder de la iglesia católica, quien carece del ‘feeling’ místico de sus antecesores denotando a un frío intelectual regido por la ‘raison d’Etat’, deberá enfrentar impugnaciones de toda índole como el haber sido militante de las Juventudes Hitlerianas a los 16 años (en su autobiografía “De mi vida” y en su último libro “La sal de la tierra”, el mismo Ratzinger reconoce haber formado parte del ejercito nazi contra su voluntad desertando en 1944) o el ‘gran viraje’ ideológico que dio al transformarse, de un liberal y potencial progresista, como lo dejó entrever durante su participación en el Concilio Vaticano II y como lo consignan textos de sus conferencias en “La Fraternidad de los Cristianos” (1960)  hasta un derechista a ultranza defensor del statu-quo prevaleciente y enemigo de toda reforma al interior de la iglesia, aliado a organizaciones de élite como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo en detrimento de movimientos liberales populares como los abanderados por los jesuitas o los franciscanos “expulsados” del Vaticano desde el pontificado de Juan Pablo II.

En la paradigmática novela de Umberto Eco, “El nombre de la rosa”,  se reseña el debate crucial que se da entre representantes del Papa, flanqueados por el Gran Inquisidor,  y los franciscanos, los primeros defendiendo el derecho de la iglesia a poseer riquezas y detentar poder, mientras los segundos defienden la pobreza propalada por Jesucristo y por San Francisco de Asís. Finalmente, el debate es orillado por los papistas a discutir si la túnica que utilizó el Hijo de Dios era o no de su propiedad, tornándose el encuentro en una discusión bizantina (por supuesto, el Gran Inquisidor Bernardo Gui condena al franciscano William de Baskerville a ser sometido a un juicio ante el Santo Oficio por defender tesis de herejes). En el tercer milenio podemos preguntarnos: ¿Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, viene a consolidar el argumento y el hecho fáctico de que la Iglesia debe ser, en el ámbito político y materialista, una institución todopoderosa y omnisciente, que llevará a la hoguera simbólica a todos sus detractores o desmitificadores?. Al margen de prejuicios de cualquier clase, parece que sí. Cuestión de preguntarles a los jesuitas, a los franciscanos, y a los adeptos a una iglesia de los pobres como Leonardo Boff y hasta Samuel Ruíz.



* Presidente de ASEMASS&COMGLOBAL (Asociación Mundial de Semiótica Massmediática y Comunicación Global: www.semioticamassmedia.com) y Director del ISEPOL (Instituto Internacional de Semiótica Política y Comunicación Pública: www.semioticapolitica.com)

Hosting por TuSite