El Porvenir

Crónica “en vivo” de la muerte del Papa

Por Pablo Espinosa Vera

Monterrey, Nuevo León, Sábado, 09 de Abril de 2005

Casualidades.

Tras 'celebrar' mi cumpleaños en Venecia, Florencia y Roma me tocó vivir, sin premeditarlo, la muerte de Juan Pablo II (como lo subraya Derrida en su último libro, prefiero la vida antes que la muerte, y más tratándose de un santo como lo fue Karol Wojtyla).

La historia es la siguiente: en un reciente viaje a Europa, y siguiendo la "ruta de Van Gogh" a quien ubico como el creador más intenso desde el punto de vista de la semiótica del arte (Musée d'Orsay de París, National Gallery de Londres y Van Gogh Museum de Amsterdam), llegamos a Italia vía Venezia (un tip para viajeros: el vuelo Ámsterdam-Venezia háganlo por 'Transavia'), inverosímil ciudad 'flotante' de fuertes connotadores medievales tan caros para Umberto Eco, para proseguir hasta Florencia y concluir en Roma.

Por casualidad ("Yo soy yo y mis circunstancias", como diría Ortega y Gasset) el día 1º.de abril me tocó desayunar en la Plaza San Marcos de Venezia, junto con mis hijos Gloria Alejandra y Carlitos; comer en Florencia, a unos pasos de la fastuosa Catedral, y cenar en Roma, sin tener en mente, y mucho menos desearlo o predecirlo (¿para qué?), que el Santo Padre estuviese a punto de abandonar este mundo para ascender a la gloria de Dios.

Y haciendo un poco de historia para matizar el asunto: como un amante del arte de todos los tiempos, durante nuestra estancia en Venezia, nos concentramos en recorrer los sitios estratégicos donde se ubican las obras maestras de los 'tres grandes' de la Escuela Veneciana entregados a temas míticos y religiosos: Tintoretto, Veronés y Tiziano, además de Bellini y Carpaccio, ubicando en el No. 1 del ranking de los 'supermaestros' a Tintoretto, un verdadero iluminado como El Greco, creador de escenas delirantes plasmadas sobre enormes telas con colores de su invención, que pueden admirarse a plenitud en la Scuola Grande di San Rocco (la escena de la Crucifixión es indescriptible), en la Gallerie dell' Academia ("La Pietá", de Tiziano, sobrecogedora), en el Palacio Ducal o Doge's Palace, y en casi veinte iglesias de la ciudad (en el Museo Correr alcanzamos la excelente exposición 'Véronèse').

Ese mismo 1º de abril, y después de una estancia de cuatro días en Venecia, la que nos resistíamos a abandonar (literalmente, es otro mundo) partimos por tren rumbo a Roma haciendo escala en Florencia para visitar la Catedral o Duomo (el campanario es obra de Giotto y la cúpula de ocho planos triangulares de Brunelleschi), la Plaza de la Señoría donde se localiza el 'Palacio Viejo' de los Médicis, la Galería Uffizi (la colección más ambiciosa de obras de Botticelli, Leonardo, Rafael, Miguel Ángel, Caravaggio, y un centenar más) y la Academia de Arquitectura, sede del celebérrimo 'David' cuyas venas parecen latir sobre el mármol sin contar la tensión reflejada en músculos y tendones que hacen vibrar la apolínea escultura.

El mismo viernes, a las ocho de la noche, arribamos a Roma exhaustos y con el único ánimo de descansar a pierna suelta tras devorar varias pizzas desde la terraza del 'Best Western Villafranca', a una cuadra de la Biblioteca Nacional.

Pero insisto, hasta ese momento, en mi imaginario simbólico y en mi percepción mística, no estaba presente para nada la casi inminente partida del Papa, a quien siempre veneré y reconocí, junto a Juan XXIII y al efímero Juan Pablo I, como el más auténtico representante de Pedro y a cuya muerte, anunciada hasta el hartazgo por la máquina mediática (todos los canales italianos de TV estaban concentrados en el tema como la 'supernoticia' del milenio), me resistía ferozmente.Y por supuesto, por nada del mundo intentaría asistir a las exequias para despedir el cadáver de mi querido Juan Pablo II como lo hicieron George W. Bush & Co. (autor de miles de muertes inocentes en Irak) y millones de fieles católicos concentrados en la Plaza de San Pedro.

Al día siguiente, infausto sábado 2 de abril, iniciamos nuestro itinerario transportándonos por la línea 'B' del metro (el viaje era en 'clase económica') hasta la estación 'Museo Vaticano' para visitar la Capilla Sixtina y la Basílica de San Pedro. Ese día, 'La Repubblica' destacaba en sus ocho columnas la mala salud del Vicario de Cristo: "Le ultime ore del Papa", en correlación con el titular del día anterior: "L'agonia del Papa" mostrando, en foto de portada, la expresión de sufrimiento de Juan Pablo II en su última aparición, aunque el titular de 'Il Tempo' del 2 de abril sonaba más evocativa en torno a lo que se vaticinaba: "Ciao Karol" sobre una enorme foto del Papa caminando de espaldas y virtualmente vencido por el tiempo y por las enfermedades.

En la Capilla Sixtina corrimos con suerte. A diferencia de otros viajes, cuando nos encontramos ante enormes filas para acceder al Palacio del Vaticano, en esta ocasión había poca gente y entramos de inmediato al impresionante conjunto de edificios para llegar, tras cruzar varias salas (la de Rafael Sanzio merece mención aparte), a la 'Cámara de Michelangelo', la maravillosa Capilla Sixtina donde 113 Cardenales más uno (in pectore) elegirán, en unas semanas, al sucesor de Karol Wojtyla, cuya presencia será más que imposible de llenar.

Allí, el “Juicio final”, el enorme fresco de Jesucristo flanqueado por la Virgen, desde donde se precipitan una gran cantidad de figuras hasta devenir en la barca de Caronte (el paso hacía el Averno), virtualmente hiela la sangre y rompe el aliento, continuando con el recorrido de la vida de Cristo en los muros laterales hasta concluir con imágenes en la bóveda donde Dios Padre toca al hombre para iniciar la Creación.

Casi cuatro horas duró nuestro recorrido por el Palacio del Vaticano (de 11:00 a 115:00) mientras que muy cerca de allí, en el apartamento papal, Juan Pablo II agonizaba expirando su último aliento a las 21:30. En la Plaza de San Pedro, el enorme gentío nos desanimó para llegar hasta el interior de la Basílica, por lo que dirigimos nuestros pasos hacía otros rumbos (la obligada visita a los gatos que cohabitan en el Coliseo).

A la mañana siguiente, en la cafetería del Aeropuerto de Ciampino (retornamos a París por 'Ryanair', otra económica aerolínea que se localiza en Internet) , nos enteramos a través de las ocho columnas de 'La Repubblica' del 4 de abril ("Addio Wojtyla"), que el Obispo de Roma había fallecido la noche anterior, noticia que nos dejó "a bout de soufflé", como diría Godard mientras que 'Le Figaro' destacaba un titular nostálgico: "L'adieu" sobre una foto de plana completa del Papa muerto, ante un enorme crucifijo mientras 'Le Monde' subrayaba a ocho columnas: "Jean Paul II, un héritage sans frontières" y 'The Wall Street Journal Europe', más pragmático, analizaba en su edición del 4 de abril el poder papal sobre la tierra: "Papal Legacy: Alter John Paul II's Epoch, Wrenching Choice Looms".

En Notre Dame, en París, las campanas tocaban a duelo.

En fin, esta es la historia de mi onomástico sobre una logósfera cargada de un misticismo funesto.

Hosting por TuSite