Semiótica del Poder
Julio 28 de 2003
Juan Diego, nuevo 'Superhéroe Nacional'
 
Por Pablo Espinosa Vera

En 72 horas el indio Juan Diego será canonizado por el Papa Juan Pablo II en la logósfera de la Basílica de Guadalupe con todo y la presencia del antiaparicionista y es abad de dicho recinto litúrgico Guillermo Schulemburg. Allí, se habrá consumado el ritual simbólico que elevará a los altares al primer santo de procedencia indígena al cual, como dice Xóchitl Gálvez, jefa de la Oficina Presidencial para Asuntos Indígenas podrán venerar, para que los defienda y se apiade de sus almas, los más de 10 millones de indígenas que hay en el país divididos en 56 etnias además de los millones esparcidos en diferentes países de América Latina y el Caribe. Aunque, como también subraya la funcionaria foxista “...la canonización de Juan Diego...todavía es un asunto desconocido para los indios. Irá permeando en la fe, con el tiempo. Pero es que la iglesia se tardó demasiado en hacer un indígena santo. Lo hizo cuatro siglos después”.

Como el inolvidable “Santo El Enmascarado de Plata” (José G. Cruz) o como el inefable Subcomandante Marcos que prepara un ‘remake’ del levantamiento del 1 de enero de 1994 de efectos ‘massmediáticos’ impresivibles, así irrumpirá en el ámbito de lo mítico y de lo simbólico el nuevo santo quien, por efectos de la ‘guerrilla semiótica’ (Umberto Eco) puede ser ‘resemantizado’ por el imaginario popular y transformarse en un adalid de la contracultura y en un arquetipo de lo contestatario como lo representó, en 1810, su propia Madre querida, la Virgen de Guadalupe estampada en el estandarte enarbolado por el Padre de la Patria don Miguel Hidalgo y Costilla excomulgado y condenado al infierno por sus superiores eclesiásticos (¿levantará dicha maldición Juan Pablo II para dotar de mayor significado el acto de canonización en puerta y permitirle al Padre Hidalgo abandonar el dantesco escenario donde se debate su alma?).

Y todo lo anterior al margen de si existió deícticamente (léase: con el dedo en la llaga, como lo instituyó el incrédulo discípulo de Cristo, Santo Tomás al dudar de la   resurrección de su Señor a quien tenía enfrente) el indio Juan Diego o si fue producto de la imaginación o del maquiavelismo instrumentado por los propios evangelizadores para sofocar a la indiada a punto de rebelarse, como lo sugiere en forma genial la cinta de Gabriel Retes “Nuevo Mundo”. O mejor aún: si fue un invento de los indios, humillados y masacrados, para engañar a los españoles vía un sincretismo intercultural detonado por el referente de una virgen morena plasmada, mágicamente, sobre el ayate del propio Juan Diego para poderle rendir culto, en forma ‘enmascarada’, a Tonantzin-Coatlicue, madre de los dioses y diosa de la fertilidad y de la tierra que tenía su centro de adoración en el Cerro del Tepeyac, el mismo donde hizo su aparición la Guadalupana (1532) once años después de la sangrienta conquista de México por las hordas de Hernán Cortés (en el Vaticano tardaron 300 años –la Colonia en pleno- para reconocer y aceptar la existencia metafísica de la Virgen de Guadalupe –Juan Diego, su ‘descubridor’, fue ignorado olímpicamente- además de legitimar su imagen reproducida inexplicablemente en el extraño ayate).

Aunque no haya existido, ingresa Juan Diego al selecto ‘Club delos Superhéroes Nacionales’

Si Juan Diego fue o no fue (paradoja shakespereana difícil de elucidar), eso no importa. Como producto simbólico del inconsciente colectivo en una dimensión histórico-estructural, Juan Diego ‘es’, como dirían Heidegger y Sartre recurriendo a la fenomenología y al existencialismo en sí. Y al ‘ser’, como referente dotado de poderes sobrenaturales que le concede su naturaleza de santo irrumpe, en forma natural y como significado hipercodificado (dentro del ámbito de los ‘juicios semióticos’ o legitimados, como lo define la teoría de la producción de signos de Umberto Eco en antítesis con los hipocodificados ‘juicios factuales’ en proceso de legalización) al selecto “Club de los Superhéroes y Superheroínas Nacionales” hombro a hombro –en orden de aparición- con Quetzalcóatl, Cuauhtemoc  (Guatimozín), La Malinche (doña Marina, Malintzin),  Sor Juana Inés de la Cruz, el Padre Hidalgo, Ignacio Allende, Josefa Ortiz de Domínguez, José María Morelos y Pavón, Vicente Guerrero, Benito Juárez, José Guadalupe Posada, los hermanos Flores Magón, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Pancho Villa, José Vasconcelos,  Kid Azteca, Lázaro Cárdenas, José Clemente Orozco, Diego Rivera, Frida Kalho, Alfonso Reyes, Manolete, Gabriel Vargas (La Familia Burrón), Cantinflas, Agustín Lara, Ninón Sevilla, Pedro Infante, El Santo, Black Shadow,  Blue Demon,  José Alfredo Jiménez, Palillo, Jorge Negrete, Tin-tán y Marcelo, Enrique Guzmán y los Teen Tops, Carlos A. Madrazo, Carlos Fuentes, José Luis Cuevas, José Agustín , Tony de la Villa y Los Locos del Ritmo, María Félix, Lola Beltrán, Lucio Cabañas, Julio Jaramillo, Resortes, Emilio El Tigre Azcárraga, Lyn-May, Oscar Chávez, Daniel Cosío Villegas, Manuel Buendía, José Revueltas, Octavio Paz, Julio Scherer, María Rojo, El Chapulín Colorado, Juan Gabriel, Hugo Sánchez, Carlos Monsiváis, El Chavo del Ocho, Gloria Trevi, Luis Miguel, Café Tacuba, el Subcomandante Marcos, Brozo, ‘Ponchito’ y... ¿Vicente Fox?.

Lo más lamentable del caso es el ‘icono oficial’ autorizado por el alto clero del inexistente santo –no existen testimonios de su legendaria presentación ante el obispo Fray Juan de Zumárraga exhibiendo el ayate con la virgen impresa- donde nos presentan al histórico indio, más como un símil de Hernán Cortés o, peor aún, de Diego Fernández de Cevallos(caucásico, tez clara, barba de candado, larga melena) que como el estereotípico indio de bigote ralo, piel oscura, ojos orientales, cabello lacio y desaliñado y baja estatura (nada que ver con el Tizoc, personificado por Pedro Infante ligándose a una despampanante María Félix) que seguramente nos presentará, o representará’ en estos días el artista Valerio Gámez quien se abocó a la tarea de encontrar, vía el ‘Juan Diego Casting’ que promovió en el Museo de la Ciudad de México, al referente más cercano al suertudo indio mexiquense.

¿Operará Juan Diego un milagro para cambiar ‘Ley Indígena’?

Como reza el dicho popular, “obras son amores y no buenas razones”.  Y como insiste Xóchitl Gálvez (aunque falta la opinión legitimadora del sup Marcos), la asunción de Juan Diego a los altares significará el contar con una instancia celestial para la defensa de los indígenas y el ‘milagro’ que pedirán, impacientes, los diez millones de indios de México junto con el Congreso Nacional Indígena y el EZLN será el siguiente: “¿nos concederá Juandieguito el milagro de que el Congreso de la Unión apruebe la  ‘Ley de Cultura y Derechos Indígenas’ redactada por la Cocopa a propuesta de los zapatistas y que deseche el engendro de reforma de ‘Ley Indígena’ impuesta por Fox y por las fuerzas más reaccionarias del Congreso ?”.

¿Logrará San Juan Diego tocar el alma y el cerebro de Fox y del ‘trío infernal’ conformado por Diego Fernández de Cevallos, Enrique Jackson –coucheado por Manuel Bartlett- y Jesús Ortega para reivindicar a la ‘indiada’ (nuevamente, ante un arbitrario ‘acto de poder’ reaparecieron en San Salvador Atenco montando sus cuacos y blandiendo sus machetes)? ¿O se declarará ‘incompetente’ el nuevo santo de inspiración mariana ante asuntos mundanos que, según la Teología a secas (su antítesis, la ‘Teología de la Liberación’ preocupada por la pobreza y por la injusticia aquí, en el mundo terrenal) no le corresponden?. Lo sabremos dentro de muy pronto como también sabremos el potencial simbólico del ascético indio enviado por la Virgen de Guadalupe a los españoles para impartir justicia entre el pueblo conquistado aplicando los principios humanitarios y fraternales propalados por Jesucristo a través de los Evangelios destacando valores como el amor, la bondad y la caridad, valores ignorados por los religiosos provenientes de la ‘Madre Patria’ quienes, a toda costa, intentaban hacerse de riqueza, de propiedades y de espacios de poder que fueron expandiendo y consolidando a través de la Colonia bajo el ‘nuevo orden’ conformado por la  tríada Corona-Iglesia-Ejercito como lo puede confirmar Benito Juárez, artífice de la Reforma anticlerical (como ejemplo de las prácticas más ominosas y criminales instrumentadas por la Iglesia están las referentes a las aplicadas por la Santa Inquisición sembrando el miedo y el terror entre los habitantes de la Nueva España).

Siendo realistas, lo más seguro es que San Juan Diego no logrará modificar la inflexible e intolerante realpolitik ni, mucho menos, transformar el statu quo vigente ni la composición de las estructuras de poder resignándose a fungir como simple ‘válvula de escape’ del  malestar y el desencanto acumulados por la población en general. Como soldado de la Guadalupana y como su ferviente adorador, Juan Diego operará como ‘correa de transmisión’ entre la subjetividad de millones de connacionales con la Madre de Dios. Fungirá, para ser más claro, como detonador de ‘semiosis espiritual’ como lo hacen la mayoría de los santos, incluyendo a los 26 nuevos santos mexicanos canonizados por Juan Pablo II, todos víctimas de la ‘Guerra Cristera’,  durante las fiestas de celebración del Jubileo de México en Roma en el 2000 cuyas vidas se pueden consultar en Internet en el sítio www.santosmexico.tripod.com.mx/

Y así, aunque la Congregación para las Causas de Santos del Vaticano haya reconocido el sospechoso milagro ordenado por Juan Diego (salvó la vida de un joven, según su madre  que se encomendó a él,  tras caer desde lo alto de un edificio) para canonizarlo junto con el padre José María Escrivá de Balaguer , fundador del Opus Dei y del beato italiano Padre Pío, padre capuchino muerto en olor a santidad en 1968, difícilmente salvará a los indios de los ‘Neoconquistadores’ que gobiernan, como feroces ‘caquistócratas’ (la política de la antipolítica, según la definición de Michelangelo Bovero, o el simulacro de democracia), desde Los Pinos como lo podrán constatar los ejidatarios de San Salvador Atenco que ganaron su causa a sangre y fuego al margen de fuerzas divinas. ¿O no?.

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