Semiótica del Poder
Agosto 3 de 2002
!El Papa, siempre fiel a los indios!
 
Por Pablo Espinosa Vera

El Papa Juan Pablo II consumó su quinta visita pastoral a México en medio de la histeria panista y neocapitalista destacando la presencia del Presidente Fox, primero robando cámara en el hangar presidencial a costa del Vicario de Cristo y después, en primera fila de la Basílica de Guadalupe flanqueado por sus hijos y por su consorte Marta Sahagún de Fox  además de los representantes de la ‘nomenklatura oficial’ y de eminentes miembros de la cúpula albiazul y de un puñado de priístas y perredistas despistados  que se lograron colar confundidos  entre una nube de indígenas representando a una gran diversidad de etnias (¿alguien detectó entre la multitud al inefable sup Marcos disfrazado de indio tzotzil’, muy cerca de los comunicócratas Carlos Slim y Emilio Azcárraga Jean, invitados de honor al sacro performance?).

En dicha logósfera mariana y abrumado por la carismática presencia del sucesor de Pedro, que causó conmoción entre los cientos de miles de jóvenes congregados en Toronto y cuya “renuncia nunca anunciada” le ha dado la vuelta al mundo para favorecer al nuevo Arzobispo de Milán Dionigi Tettamanzi o a un alto funcionario de la Secretaría de Estado de origen italiano (Camillo Ruini, ultraconservador; Giovanni Battista, un afable burócrata, o Angelo Sodano, el No. 2 del Vaticano), el jefe de la nación testificó, escrutinado  por las cámaras de Televisa hasta en su menor detalle, la fastuosa ceremonia de canonización del beato Juan Diego entre contenidos espasmos de fervor guadalupano: “¡Gracias, Virgencita, por el milagro de traerme al Papa para que nulifique mi primer matrimonio! Y gracias por la oportunidad de contar con un ‘santol’ con el sello de mi gobierno! ¡Y no importa que sea indio, con tal de que haga milagros!” (de reojo, y desdibujando una mueca similar a una sonrisa propia de “El Guasón”, el ‘Jefe’ Diego Fernández de Cevallos observa al Primer Mandatario mientas masculla algo: “¿Milagros? ¡Ja-ja-ja-ja! Si a este santón indio tepuja lo subieron a fuerza a los altares. ¡Más milagros hago yo!” mientras Xóchitl Gálvez, quien siente pasos en la azotea de su Oficina de Los Pinos, susurra, en actitud compungida: “¡Juan Dieguito, Juan Dieguito, te suplico, te ruego que cuides mi chamba y mis $150,000 mensuales, hazlo por los diez millones de indígenas que te van a venerar pero, por favor, que mi jefe no desaparezca mi Oficina! ¡Sería el acabóse! Te prometo venir de rodillas con nopales en las manos y en la espalda pero, por favor, que no me echen de Los Pinos aunque me la den de Cenicienta”).

Al margen de los encontrados pensamientos que flotaban en la ‘pecera simbólica’ en que se transformó el sagrado recinto, por alguna parte se filtraban las misteriosas palabras consignadas en el ‘Nican Mopohua’, el testimonio más verosímil (que no es lo mismo que verídico, que conste) que relata la aparición de la Virgen María de Guadalupe al indio ‘Cuauhtlatoac’ (‘aguila que habla’), escrito en 1548, año de la muerte de Juan Diego y de Fray Juan de Zumárraga  por el indio Antonio Valeriano: “...oyó cantar sobre el cerrito, como el canto de muchos pájaros finos, y cuando cesó de pronto el canto, cuando dejó de oírse, entonces oyó que lo llamaban de arriba del cerrillo, le decían: “Juantzin, Juan Diegotzin”. Y cuando llegó a la cumbre del cerrillo, cuando lo vio una Doncella que allí estaba de pie, lo llamó para que fuera cerca de ella. Y cuando llegó frente a ella admiró de que manera sobre toda ponderación aventajaba su perfecta grandeza. En su presencia se postró. Escuchó su aliento, su palabra, que era extremadamente glorificadora, sumamente afable, como de quien lo atraía y estimaba mucho. Le dijo: “Escucha hijo mío,  el menor Juanito, a dónde te diriges...sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo,  Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada...porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva. Tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes, de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores...”.

Titánica, la tarea evangelizadora de Juan Pablo II

Cansado, con el mundo sobre sus hombros, agobiado por la interminable tarea pastoral que le corresponde como sucesor de Pedro peregrinando a lo largo y ancho del orbe, Juan Pablo II arribó a México, puntual a su quinta cita histórica, para legitimar la naturaleza de santidad del indio Juan Diego, primer santo indígena a quien se tardaron 500 años en reconocer como lo reprocha suavemente la Coordinadora de la Oficina Presidencial para Asuntos Indígenas Xóchitl Gálvez: “...la iglesia se tardó demasiado en  hacer un indígena santo. Lo hizo cuatro siglos después”, aunque se cuidó en destacar lo suertudo que fue su jefe, el Presidente de la República, al haberle tocado el ritual de canonización durante su gestión (¿por cierto, aprovecharía, Fox,  la estadía de Su Santidad para ‘regularizar’ sus segundas nupcias con Marta María de Fox, también en la misma situación pecaminosa? Y es que sólo el Papa, según el derecho canónigo y el propio catecismo católico,  cuenta con el poder para declarar la nulidad de los primeros matrimonios, de orden religioso,  de cada uno de los contrayentes. Mientras, conviven en ‘pecado mortal’ por ser indisolubles los lazos matrimoniales: “...hasta que la muerte los separe”, como insisten Lilián de la Concha,  primera esposa de Fox como Manuel Bibriesca , excónyuge de Martita).

Desde el hangar presidencial, donde prácticamente fue emboscado por la pareja presidencial que lo obligó a presidir un improvisado ritual, Juan Pablo II patentizó su amor a México y agradeció la hospitalidad que le brindaban los mexicanos para susurrar, al final de su mensaje: “...que Dios los haga como Juan Diego. México, siempre fiel”, partiendo de inmediato a la Nunciatura tras recorrer 17 kilómetros ovacionado por más de seis millones de capitalinos a lo largo del recorrido. Fox, por su parte, no perdió el tiempo para capitalizar cámaras y reflectores destacando la entrevista con Joaquín López Dóriga, la que se transmitió con lujo de detalles esa misma noche,  entrevista donde un empalagoso ‘sujeto de la enunciación’ abusa de toda clase de figuras retóricas y de frases tautológicas mostrándose hipócrita y acartonado así como decidido a posicionarse como el “Super-Guadalupano No. 1 de México” y para muestra basta un botón: ante la salutación al Papa, y al margen de su investidura presidencial, Fox se postró en actitud humilde ante la deslumbrante presencia de Su Santidad para besar el anillo papal siendo imitado por su consorte (siempre seguido por las cámaras de televisión, por supuesto). En ese mismo tenor y durante la ‘histórica’ entrevista con el conductor de “El Noticiero”, el Presidente  respondió: “...mucho orgullo, un gran orgullo a los mexicanos” ante la pregunta de qué dejaría la visita del Papa al pueblo de México. ¿Mucho orgullo?.

Pero que quede claro: el Papa vino a reivindicar a los indígenas, no a celebrar a Fox

La gira del Santo Padre quien, primero, asistió a las Jornadas Mundiales de la Juventud en Canadá donde convivió, alegremente, con cientos de miles de jóvenes para, tres días después trasladarse a Guatemala donde canonizó al beato Pedro de San José Betancourt, es una gira de índole pastoral, evangelizadora, enfocada a reivindicar a los indígenas de América Latina y a los abandonados ‘indios de México’, como diría Fernando Benítez, los que siguen siendo pisoteados y masacrados por el gobierno en turno. ¿Ejemplos?. La execrable ‘Ley Indígena’ aprobada por las fuerzas más reaccionarias del Congreso de la Unión (aplaudida y ratificada por Fox en el Diario Oficial) que atenta contra la cultura y los derechos de diez millones de indígenas y el reciente intento de despojo de 5,391 hectáreas a $7 pesos el metro cuadrado a los campesinos de San Salvador Atenco quienes, jugándose la vida en serio, se enfrentaron al ‘ogro filantrópico’ (¿?)  y evitaron la depredatoria iniciativa (el argumento del decreto expropiador: construir el ‘súper-aeropuerto’ del milenio). Y ello, sin mencionar la traición al EZNL y al Subcomandante Marcos en relación a solucionar la guerra en Chiapas en “quince minutos”.

Juan Pablo II vino a ponerse del lado de los desposeídos, de los olvidados de la tierra, de los pobres, de los enfermos, de los marginados, de los jodidos (como diría “El Tigre” Emilio Azcárraga) y nunca, que quede claro, de los conservadores de derecha que usufructúan el poder a base de mentiras y simulacros. El sucesor de Pedro nunca vendría a apuntalar a los poderosos como Fox ni a ‘perdonar’ pecadillos de alcoba escenificados por la pareja presidencial que convive en situación de pecado mortal. ¿O se rebajará el representante de Cristo en la Tierra a ‘nulificar’ el matrimonio religioso de ambos cónyuges? ¿Aparte de elevar a Juan Diego a los altares, se atrevería el Sumo Pontífice a hacerle el juego a Fox y a Marta Sahagún afrontando el riesgo de confundir y desalentar a cien millones de mexicanos que creen en él y lo veneran?. Yo, en lo personal, no lo creo.

Desde su arribo a Guatemala Juan Pablo fue muy claro en su misión, quizás la última en este continente: “...me encomiendo a la protección del Cristo de Esquipulas...para iniciar este viaje apostólico, y bendigo a los guatemaltecos, en particular a los pobres, indígenas y campesinos, a los enfermos y marginados y muy especialmente a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu”. Aquí, hablaba Dios a través de su embajador.

El Papa vino a evangelizar. A fortalecer el imaginario simbólico de los indios de México vía la canonización de Juan Diego. A resemantizar el culto a la Guadalupana. Y a reunirse, por última vez,  con los mexicanos, a los que les brinda un especial afecto (“...es inmensa mi alegría al poder venir por quinta vez a esta hospitalaria tierra en la que inicié mi apostolado itinerante, que como sucesor del apóstol Pedro me ha llevado a tantas partes del mundo”). Pero nunca, y lo podemos enfatizar, vino a seguir el juego faccioso de los poderosos que despachan en Los Pinos y que están convencidos de que todos, en el planeta, son sus súbditos. Incluyendo al jefe de la iglesia católica, faltaba más.

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