Semiótica del Poder
Septiembre 16 de 2001
Reforma del Estado, en stand-by
 
Por Pablo Espinosa Vera

La ‘transición a la democracia’ difícilmente trascenderá el plano de la ‘enunciación pura’ (Kant) en que se le ha confinado. Por más intentonas que el Gobierno de Fox y los partidos políticos lleven a efecto, se antoja lejana una Reforma del Estado y un reforzamiento institucional, incluyendo la creación de una nueva Constitución, vía un Acuerdo Político Nacional cada vez más difuso y complicado. Y mientras no se establezcan las nuevas ‘reglas del juego’ y el gran discurso conciliador entre las instancias de poder, el sistema partidista y las fuerzas económicas y sociales de México, será imposible transitar a la democracia, como lo destaca Porfirio Muñoz Ledo al enfatizar que “...ninguna transición democrática se completa y menos se consolida si no hay un acuerdo político sobre el nuevo marco. Ninguna transición democrática puede vivir con las reglas del antiguo régimen. Eso no existe”, tras preguntarse: “¿Quién se opone y por qué?” (Proceso, No. 1286, 24-VI-01).

Quizá la respuesta pueda provenir de Los Pinos por ausencia de ‘voluntad de poder’, o de las sedes cupulares de los partidos que no logran entretejer un discurso coherente y verosímil. Y parte de esta historia de simulacros y verdades a medias la tenemos en el reciente affaire donde el Presidente Fox, al comparecer ante el Congreso de los Estados Unidos en su pasada visita de Estado (la primera concedida a un mandatario extranjero) enfatizó, en presencia de su invitada a la gira Dulce María Sauri, presidenta del PRI que “...gracias a los cambios democráticos inaugurados en México el 2 de julio ha llegado el momento de que Estados Unidos y México se tengan confianza. ¡Debemos dejar atrás la sospecha y la indiferencia del pasado! ¡Esas desconfianzas provienen del régimen antidemocrático y desconfiable que gobernaba! ¡México tiene ahora un liderazgo legítimo!”, palabras que generaron vítores entre los congresistas allí concentrados mientras la dama priísta explotaba: “¡El presidente es un demagogo! ¡Si él ha estado aquí, en el Congreso de los Estados Unidos, es consecuencia de un proceso democrático y de desarrollo que impulsaron los gobiernos priístas!”, a lo que agregó, indignada, remitiéndose al pacto político implorado por Fox en su Primer Informe de Gobierno: “¿Y así quiere un acuerdo político? ¿Viene a defenestrarnos para después firmar con nosotros? ¿Quién lo entiende?. Otra vez, lamentablemente, el Presidente da un paso para adelante y dos para atrás”.(Jesús Ortega, líder de la fracción del PRD en el Senado comentó, contundente:  ”Decir que el régimen priísta era antidemocrático no debería ofender porque es la verdad”). A su arribo a México, y tras la corrección realizada por Fox en el avión presidencial señalando que “...no es nuestro ánimo ofender a nadie, simplemente tratar de relatar la historia real de lo que sucedió el 2 de julio”, la líder del tricolor suavizó su discurso señalando: “Digamos que el viento que sopló en el Congreso americano, con las palabras del Presidente, resfrió el diálogo, pero no hay una ruptura en un diálogo, que para el PRI no es un diálogo con el Presidente, sino con el pueblo de México”(Reforma; 7-8-9-IX-01).

Ese juego de distracciones y de ‘puestas en escena’ donde un sujeto de la enunciación hace de las suyas vía un discurso ilocutivo para confundir a sus interlocutores (semiopragmática) ha sido la historia de la eterna ‘Reforma del Estado’ que Muñoz Ledo, arquitecto del proyecto en el gobierno de transición de Fox y actual Embajador ante Bélgica y ante la Unión Europea, se niega a abandonar como lo recalcó en su última visita que le puede generar un despido relampagueante por parte del Canciller Jorge G. Castañeda, quien le prohibió, en forma tajante, hacerse presente en el evento del Primer Informe: “Yo no me apartaré un ápice de mis convicciones. Debo decir: el núcleo mismo de mi alianza política con el Presidente Fox es la Reforma del Estado, y tengo toda la autoridad, así lo siento, y toda la permisibilidad como funcionario, como Embajador, no faltaba más, para seguir opinando y para seguir impulsando desde donde yo me encuentro la Reforma del Estado” (El Norte; 10-IX-01). Aunque quizás en la Secretaría de Relaciones Exteriores y en el Palacio de Covián opinen lo contrario. Al tiempo.

Los tres escenarios de Manuel Camacho

El excandidato a la Presidencia por el PCD,  Manuel Camacho Solís, quien se contuvo durante el histórico debate televisivo del 23 de abril pactado entre los seis candidatos presidenciales para no deponer su candidatura a favor de Fox, como sí lo hizo Porfirio Muñoz Ledo y simbólicamente Gilberto Rincón Gallardo, se ha empecinado en impulsar un acuerdo político para consolidar la transición democrática, para lo que convocó el pasado 3 de julio al foro “Diálogos nacionales, ¿Es posible un pacto nacional?”, trabajos editados por la UNAM, urgiendo al Gobierno a concretar la Reforma del Estado estableciendo tres escenarios posibles para hacer realidad dicha propuesta: “...alguna de estas tres posibilidades va a ocurrir: o el Presidente termina de definir su posición y utiliza su popularidad para convocar con toda seriedad y precisión a los acuerdos de Estado; o las oposiciones se recomponen, cobran conciencia de su fuerza y ganan la iniciativa, o el deterioro de la realidad obligará a una parte de la clase política o a otros, a retomar el asunto de las reformas institucionales necesarias”.

En tono irónico, más que negativo, Carlos Monsiváis definió su postura en el marco del foro anterior insistiendo en que el Presidente Fox “...no se interesa particularmente en los puntos de vista ajenos”, por lo que “...un pacto  admisible por el Gobierno sólo podría ser una carta de rendición a lo inexorable”, tras justificar sus puntos de vista: “...No se necesita ser un pesimista de oficio para ubicar los escollos de un pacto de las fuerzas económicas, políticas y sociales de México en pos de la fluidez democrática. Además del deterioro visible de los partidos políticos y de la crisis de numerosas ONG’s, es innegable la confusión y la desorganización programática del grupo gobernante” (“Del pacto tal vez inminente”; Norte, 8-VII-01).

Mientras tanto, el Presidente Fox, consciente de estos escollos citados por Monsiváis, prosigue con su nuevo discurso democrático dentro de un marco de semiopragmática pura (el simulacro llevado a niveles de Política de Estado) inaugurado el 2 de julio del 2001 (“...urge por ello un nuevo acuerdo explícito para la consolidación democrática, para superar todo vestigio de autoritarismo, impunidad y corrupción”) y apalancado por el PAN en pleno y en parte por el ala flexible del PRD,  magnificó sus nuevos enunciados ‘pro-transición’ en el Mensaje Político del Primer Informe: “Una vez que las urnas han hablado, todos tenemos deberes irrenunciables. Por ello, convoco nuevamente a todas las fuerzas políticas a convertir un Acuerdo Político Nacional para la Reforma del Estado en una palanca estratégica de este proceso de modernización”, tras señalar que “...ante los que subrayan que en el país hubo cambio de gobierno, pero no una transición democrática, debo decir que el cambio no lo podemos reducir al episodio de la alternancia. Por relevante que haya sido en nuestra vida política ese gran e imprescindible evento, no basta por sí solo para romper con las viejas inercias. Estoy consciente de que muchas prácticas de este gobierno aun deben cambiar; por ello, para muchos el cambio es nominal, pero ¡no es posible consolidar una cultura política en el transcurso de unos cuantos meses!”. Y menos se consolidará si hay ausencia de ‘voluntad de poder’ para impulsar la Reforma del Estado, que es el ingrediente que falta y que le da respuesta a la pregunta insondable y desesperada de Muñoz  Ledo: “¿Quién se opone y por qué?”.

¿Gobernar para la historia, o para la frivolidad?

El Presidente español José María Aznar, en su pasado viaje a México enfatizó que el 2 de julio del 2000 se había dado, en nuestro país, la alternancia del poder, más no la transición a la democracia; ésta última exige de un ‘pacto nacional’ suscrito y consensuado por todas las fuerzas de la Nación, como se dio en España vía el Pacto de la Moncloa que consolidó la transición tras la dictadura franquista. Coincidiendo con esta visión, Porfirio Muñoz Ledo relata en una entrevista reciente en torno a un encuentro que sostuvo con el arquitecto de dicho pacto, Adolfo Suárez “...y acababa de hablar con el Presidente Zedillo. Y le pregunté: ¿tú crees que esté dispuesto a una profunda Reforma del Estado?. Me contestó: a una reforma electoral, sí, a una Reforma del Estado no, pero ya la pactó (...) Le cuestioné a Suárez sobre cualquier otra (reforma). Y me dijo: “Mira, ¿tú crees que yo actué ideológicamente?. A mí me estalló una huelga bancaria, tuve problemas con las organizaciones sociales, con los sindicatos...Y es como un timón, y el timón apunta a un solo lugar y ése es la Reforma del Estado, y lo demás es totalmente secundario. Es más, no gobiernas para la coyuntura, gobiernas para la historia, gobiernas para el futuro, es para lo que estás gobernando”. Eso me dijo Adolfo Suárez, se tiene que gobernar para la historia” (Reforma; 10-IX-01).

Fox va en sentido contrario: él, como en su tiempo lo hizo López Portillo y Carlos Salinas, están deslumbrados por el Poder en el sentido imperial. El Presidente está obnibulado ante la magia de poder hacer lo que quiera, de contar con la omnipotencia de un aparato que le permite actuar a su antojo, de recorrer el mundo con la misma facilidad con que se desplaza a su rancho de San Cristóbal y de generar interminables ‘téte-a-tétes’ con todos los mandatarios del planeta. Inclusive, de protagonizar un cuento de hadas (¿”Cinderella”? en Los Pinos y de aparecer como una de las “25 bellezas latinas”, como lo destacó la revista People’s. Pero, antes que nada, esta deslumbrado por el manejo del ‘Discurso del Poder’, que le permite construir acontecimientos según su estado de ánimo y esculpir la realidad a su gusto y a su buen entender (de allí, los dobles lenguajes y las contradicciones implícitas en el discurso que, con su base mítica, tienden a transformarse en algo natural; su rechazo al “Toallagate”, desde la Cumbre del Grupo de Río, en Chile, lo ilustra de maravilla) .

La pregunta de Muñoz Ledo, como la de Lenin (“¿Qué hacer?”) posiblemente no tengan respuesta. Pero el Embajador insiste y persiste partiendo de una imagen ideal (“:::si no se hace un acuerdo político para la reforma de las instituciones, para el reforzamiento de las instituciones públicas, para la equidad social, México, por desgracia, en muchos años no va a tener viabilidad”) insistiendo en que el país “...apostó a la transición para salir de todos sus rezagos”. Y sí, apostó y perdió, le podrá responder un jugador profesional. Cosas de la realpolitik.                                                                                                                                

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