Semiótica del Poder
Marzo 31 de 2002
Van Gogh: el 'placer hipertextual'
 
Por Pablo Espinosa Vera

El día de ayer, 30 de marzo, se conmemoró el 149 aniversario del natalicio de Vincent Van Gogh en Groot Zundert, pueblecito del Brabante en Holanda lo que pasó inadvertido entre el común de los mortales asolados por el discurso de la cultura de masas vehiculada por una extraordinaria megamáquina ‘massmediática’ de corte globalizador. Para muchos diletantes, Van Gogh es un pintor tradicional y costumbrista, ampliamente hipercodificado (Umberto Eco) hasta en sus minimos rasgos significantes. Iconos como los famosos ‘Girasoles’ forman parte de los grandes decorados de hábitats clasemedieros o de miembros de la burguesía que acuden a copias al óleo, sin dejar fuera a agencias publicitarias que han explotado la iconografía vangoghiana para ilustrar algunos de sus más afamados anuncios o ‘affiches’ insertos en revistas  internacionales como Time o Business Week.

El genio de la luz (junto a su coterráneo Rembrandt) cobró fama mundial en el contexto de la globalización tras ser subastado el ‘Retrato del Dr. Gachet’ en la suma de US$82.5 millones en la galería Christie’s de New York, el cuadro más caro del mundo en el mercado del arte; anteriormente, ‘Lirios’ se vendió en US$54 millones en la Casa Sotheby’s de New York destronando a una versión de ‘Los Girasoles’ subastada en US$40 millones  ($24.750,000 libras esterlinas) en Christie’s de Londres hace 15 años (30 de marzo de 1987). En este contexto de sumas millonarias hay que destacar que en vida, el ‘Holandés Errante’ sólo vendió un cuadro, ‘The Red Vineyard’ (que Jacob-Baart de la Faille –F-clasifica con el número 495 en su catálogo de 1928 mientras que Jean Hulsker –JH-lo ubica con el número 1626 en su propio catálogo de 1978) en la módica cifra de $400 francos (aproximadamente $80 dólares), adquirido por Anne Boch, hermana de su amigo Eugéne Boch y que puede admirarse en el Pushkin Museum de Moscú.

Van Gogh, por efecto de los ‘magician marchands’ y de los‘dealers’que operan como brokers en el mercado del arte se ha convertido en un símbolo del arte como mercancía (gadget) atrayendo la atención de millones de potenciales consumidores condicionados a las frías reglas del neoliberalismo comercial que empiezan a apreciarlo, no por su calidad artística e innovadora, sino por encabezar los ‘rankings’ de los cuadros más caros del planeta disputados por coleccionistas avariciosos o por  superricos como el  ‘businessman’ japonés Ryoei Saito que adquirió el ‘Retrato del Dr. Gachet’ para confinarlo en un sótano de Tokio, lo que denunció Cynthia Saltzman en su libro “The Portrait of Dr. Gachet”. (Penguin, USA, 1999) indignando a la comunidad mundial (después se reveló que el exchairman de Daishowa, Paper Manufacturing Company, Ltd., el propio Saito, fue arrestado junto con sus socios Yomohi, Takashi e Hisato Saito acusados de ‘lavado de dinero’ vía la adquisición de obras de arte).

La tumba de Van Gogh, en el olvido

En lo más alto de Auvers-sur-Oise, y a pocos metros de la famosa iglesia inmortalizada por el pintor, ‘The Church at Auvers’ (F 789; JH 2006) se accede al cementerio donde yacen los restos de Vincent junto con los de Théo, su hermano menor y virtual ‘angel de la guardia’, bajo un par de modestísimas lápidas confinadas al fondo del panteón contra el muro donde los rastrojos y toda clase de hierbas hacen de las suyas. Estar ante la tumba del insigne “Holandés Errante” instalado en los propios campos de trigo que plasmó en sus momentos finales avizorando la presencia de la muerte (‘Wheat Field with Crows’; F 779; JH 2117) representa una experiencia inefable. Para ello, hay que arribar al pequeño poblado vía el tren partiendo de la estación Gare du Nord de París rumbo a Pontoise y subir la cuesta de la avenida principal que conduce al antiguo ‘Café Ravoux’, enfrente del ‘Town Hall’ (F 790; JH 2108), donde Vincent expiró tras vivir allí los últimos dos meses de su existencia. Desde ese punto se emprende el ascenso por Village Street, una  empinada calle que corre paralela al jardín del ahora museo Daubigny (F 765; JH 2029)  hasta topar con un puente (F 795 y 796; JH 2110 y 2111) para enfilarse rumbo a la iglesia. Como un poético homenaje al artista, las autoridades de Auvers han ‘plantado’ affiches con reproducciones de sus cuadros ubicando la posición exacta asumida por Van Gogh ante cada una de las casas, calles, puentes, arboledas, campos de trigo, jardines, paisajes y hasta retratos (Adeline Ravoux, Marguerite Gachet) reproducidos con su genial y peculiar ‘estilema’. En Auvers-sur-Oise, la logósfera vangoghiana, como en un pueblo fantasma, lo permea todo incluyendo el alegre espíritu de sus habitantes. Ahí, el tiempo está congelado.

Antes de llegar a este hermoso lugar saturado de poesía, Van Gogh partió de  Saint-Rémy de Provence donde está ubicado el asilo-hospital Saint-Paul-de-Mausole que lo acogió durante un año (mayo de 1889 a mayo de 1890) tras su  malograda estadía en Arlés para llegar a París, donde permaneció cuatro días alojado en el departamento de su hermano Théo y de su esposa Johanna Gesina Bonger (‘Jo’,la directamente responsable de la inmortalización de Van Gogh menospreciado por su propia familia incluyendo a su madre y a sus hermanas) en la Rue Lepic 54 en el corazón de Montmartre, donde una modesta placa consigna el histórico hecho. En ese lapso conoció al único hijo de la pareja quienes, en su honor lo bautizaron como Vincent Willem Van Gogh, heredero final de gran parte del acervo y fundador de la Van Gogh Foundation que derivó, tras donar la obra al pueblo de Holanda, en la creación del National Museum Vincent Van Gogh ubicado en Paulus Potterstraat  7 en la ciudad de Ámsterdam (a unos metros del Rijkmuseum que conserva las principales obras de Rembrandt y de los grandes maestros de la Escuela Holandesa) y que se complementa con la riquísima colección, más de 250 cuadros y dibujos, acuñados por la fundadora del State Museum Kroller-Muller en el poblado de Otterlo que se ubica en el parque nacional De Hoge Veluwe, ceca de Arnhem y a una hora de Ámsterdam (otros extraordinarios acervos pertenecen al Museé d’Orsay de París y a la National Gallery de Londres, además del Metropolitan Museum of Art y del Museum of Modern Art de New York donde se conserva una obra extraordinaria procedente de Arlés: ‘Starry Night’).

Van Gogh, más contemporáneo que nunca

La Semiótica del Arte tiene un adeudo con el “Holandés Errante” que deberá enmendarse a la brevedad. Al margen de los procesos de interpretación y de lectura de las obras de arte, que van desde la Iconología de Panofsky y de B. A. Uspensky hasta la Estética Simbolica de Susanne Langer pasando por la denominada Historia Social del Arte de Arnold Hauser y de la Sociología del Arte del francés Pierre Francastel, destacan los primeros análisis de estética semiótica desarrollados por el norteamericano Charles Morris y por el ruso Jan Mukarovsky que centró sus estudios en una semiótica del arte empatada con el imaginario social sobresaliendo las contribuciones de Ernst Gombrich que tendió puentes entre las visiones sociológicas y las semióticas en sí.

Una ‘deconstrucción’ o análisis de la obra de Van Gogh nos permite redescubrir un maremágnum de significados subyacentes en cada obra y en cada referente al margen de la vida y de la condición humana del autor y marcando amplias distancias en relación con su tiempo histórico, con su red de relaciones, con sus  vivencias y con sus propias visiones consignadas en sus cartas (“Complete Letters of Vincent Van Gogh”; Thames & Hudson, 1958). Desde una perspectiva semiótica la obra, como ‘texto abierto’ caracterizado por una ‘coherencia textual’ a través de hipertextos (en pintura, elementos que conforman la ‘arquitectura del texto’ antes que referencias u evocaciones a textos precedentes como en literatura)  ligados por ‘isotopías’ o como discurso infinito, y hasta como ‘teoría del arte’ (cada objeto representado implica una ‘teoría autorreflexiva’: Schefer, Schultz, Marin) habla por sí sola en un abanico de lecturas incluyendo la dimensión pragmática o de acción comunicativa entre la obra y un receptor (Habermas, Eco, Parret, Van Dijk).

Sus elementos significantes, entretejidos en forma extraña y críptica (Paolo Fabbri, Omar Calabrese, Hubert Damisch, ), remiten a una lectura interdisciplinaria enriquecida por  la propia ‘función semiótica’ (correlación entre el plano de la forma y el plano del contenido que explota en un‘continuum’ interminable, como diría Charles Peirce al hablar de la ‘semiosis’) provocada por la aparición de objetos e imágenes cotidianas que connotan teorías complejas por el ‘background’  de intencionalidades desconocidas al margen de lo meramente icónico, ya se trate de la humilde silla del pintor, de resplandecientes girasoles, de cipreses inmensos, de una gran mesa de billar, del tortuoso haz de raíces de árboles, de cuervos en desbandada, de una vieja pipa, de barcazas abandonadas, de los intensos soles que lo derriten todo, de prisioneros en ronda, de viejas estufas, de botas desgastadas (Meyer Shapiro y Jacques Derrida generaron un intenso debate en torno a las mismas con base a una interpretación de Heidegger), de enfermos mentales deambulando, de la ‘Casa Amarilla’ en Arlés, de un autorretrato con la oreja cortada, de estrellas fulgurantes, de campesinos tomando la siesta, del segador como la muerte, de paseantes sin rostro, de la Biblia como gran ´récit’, de inmensos campos de trigo, de duraznos en flor titiritando, de cielos turbulentos, de olivos crispados, del  ‘Cristo Amarillo’, de lluvias intermitentes, de ‘irises’, de montañas furiosas  o de mantas rojas sobre la cama evocando a un suicida.

Enfrentarse a un Van Gogh es enfrentar el ‘placer del texto’ mismo (Barthes-Eco) detonado   por una red reticular de hipertextos en su dimensión visual-narrativa matizada por un estilo inconfundible (la ‘arquitectura del texto’, en sí). Estar ante ‘Los Girasoles’ de la National Gallery de Londres es irrumpir en una logósfera de luz cegadora; en un verdadero universo conformado por miles de matices amarillos y dorados. En esta interacción entre ‘texto icónico’ y ‘lector ideal’ (Eco) la forma sucumbe ante el contenido para arrastrarnos a la propia ‘tejné’ vangoghiana que nos embriaga de placer. Lo mismo sucede al disfrutar una de las versiones del ‘Cuarto del pintor’ en la Academy of Arts de Chicago o en el Museé d’Orly de París donde los significados crípticos perturban el sentido de la lectura formal desafiando a la ‘inteligencia interpretativa’ y a la percepción misma.

Van Gogh fue un creador de elementos misteriosos, de laberintos indescifrables que requieren ‘passworld’ para decodificarlos, de texturas infinitas localizables en cada hipertexto de la obra en sí. Es, más allá del mito del mercado del arte, un creador de microuniversos que rebasa todo intento de aprehenderlo. De allí su fascinación.

artículo siguiente >
Hosting por TuSite